Al grano. Mi opinión, que se basa en mis experiencias observacionales pasadas, es que las mujeres de los pueblos son mucho más feas que las mujeres nacidas en las ciudades. Soy rotundo en la afirmación, aún habiendo aplicado un lógico factor corrector a las mujeres de las ciudades por su más apropiada vestimenta y gusto en general, que a veces, despistan. De lo que ya no estoy tan seguro es de las causas de esta desigualdad. ¿Por qué salir de fiesta en Elizondo se parece más a dar una vuelta por Cabárceno que a otra cosa?
La primera teoría que se puede presentar es la del azar. Supondría dar por buenos los teoremas más retorcidos de la Ley de Murphy y admitir que soy una persona con suficiente mala suerte como para haberme encontrado con un enjambre de feas en todos los pueblos a los que he viajado. Sin hacer un profundo análisis, intuyo que esta teoría tiene bastante poca base estadística. No nos vale.
La segunda hipótesis que barajo es que en los pueblos existe una excesiva endogamia. Primos lejanos que se enamoran, que se casan, que procrean y van nutriendo el pueblo de criaturas cada vez más horrendas por motivos genéticos. Esta teoría tiene mucha más consistencia que la anterior, está íntimamente ligada al fenómeno de los círculos cerrados que ya he explicado alguna vez, pero aún y así, no me termina de convencer. Tengo que seguir buscando.
Rechazado lo anterior, sólo me queda elucubrar algo insensato. Y lo primero que me viene a la cabeza es que algunos animales transmiten una especie de enfermedad, pongamos que toma la denominación de F3A, que modifica (a peor) los rasgos genéticos que influyen en que una persona sea más o menos guapa. Es fácil de entender: de la misma manera que algunos hombres de ciudad se dejan contagiar la estupidez a través de sus perros, en los pueblos son las vacas, las ovejas y las gallinas las que hacen lo suyo con las mujeres.
Dicho esto, habría que valorar la posibilidad de sustituir los términos cocodrilo, iguana, boa, etc. por los de vaca, oveja y gallina a la hora de referirnos con un genérico a las mujeres feas que nos encontramos cada noche. Son palabras con menos glamour y pasan menos desapercibidos, pero se ajustan más a una posible realidad que acabo de descubrir. Que la ciencia no me dé la razón...y que las mujeres de Elizondo, y otros pueblos, no atenten contra mi.










